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¿Puede Costa Rica continuar sin ejército?

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La constitución vigente, en su articulo 12, abolió el ejército como institución permanente, aunque ingenuamente, el constituyente  dispuso que, en caso de ser necesarias para la defensa nacional, ¨podrán organizarse fuerzas militares¨, como si fuera factible improvisarlas de la noche a la mañana para hacerle frente a emergencias, como la que actualmente confrontamos con Nicaragua. Por las razones que en aquel momento consideraron los constituyentes de 1949 abolieron el ejército en Costa Rica y don Pepe Figueres, en un gesto simbólico, descargó un mazazo en una de las torres del Cuartel Bellavista, el cual a partir de ese momento quedó convertido en nuestro Museo Nacional. Desde entonces, el país ha exhibido ante el mundo la abolición del ejército como la mejor prueba de su amor a la paz y a sus tradiciones civilistas y democráticas.

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Indiscutiblemente la Historia nos enseña que tanto América Latina como en otras partes del mundo, las fuerzas armadas actuando sin control, en ocasiones han llegado a convertirse en instrumentos de opresión y explotación de los pueblos. Sin embargo, la misma Historia nos enseña igualmente, que los Gobiernos elegidos democráticamente, -como fue el caso de Hitler en Alemania- han provocado los mayores desastres y no por eso vamos a dejar de escoger nuestros gobernantes mediante el voto popular.

Cuando con pesar, leo en los diarios que nuestro gobierno anda buscando ayuda por todo el mundo, y la Presidenta confiesa con sinceridad, que no estamos actualmente en condiciones de defender nuestro territorio de la invasión de que estamos siendo objeto, me parece que ha llegado el momento de reconsiderar la proscripción que irreflexivamente estableció nuestra constitución de 1949, pues nuestra indefensión nos convierte en fácil presa de los gobernantes de turno de nuestro vecino del Norte, a los que de tanto en tanto, les da por armarnos broncas, cuando sus desaciertos y torpezas los obligan desviar la atención pública de los problemas domésticos que ellos mismos han provocado.

A principios del siglo pasado, al Presidente nicaragüense José Santos Zelaya (1853-1919) nos amenazaba con una invasión que, según decía, no se detendría hasta que pusiera a beber a su caballo en la fuente de nuestro Parque Central. Nunca cumplió sus amenazas y el caballo Zelaya murió, al igual que su dueño, sin satisfacer sus deseos. Los Somoza, padre e hijo, también nos amenazaron con invasiones. Así pues, no es ninguna novedad la prepotencia e irrespeto con que ahora nos trata el demagógico régimen de Nicaragua. Sin embargo, si nos remontamos a la segunda mitad del siglo XIX, después de que Costa Rica librara a Centro América de la invasión filibustera y manteníamos un modesto pero bien organizado ejército, nos encontramos que gozábamos de un general respeto en la región y en particular en nuestro vecino país del Norte.

En la interesante relación del viaje que el presidente Bernardo Soto hizo a Nicaragua en 1887, el periodista  Pío Víquez nos cuenta el cálido recibimiento que el Gobierno y el pueblo de Nicaragua le hicieron a nuestro Presidente y transcribe los discursos de los dignatarios del hermano país, en los que se refleja el alto concepto que les merecía nuestro país en general y en especial nuestras fuerzas armadas. Desafortunadamente, a la mitad del siglo XX adoptamos la estrategia propia de ciertos animales que ante la amenaza de algún depredador optan por fingirse muertos, tumbarse de espaldas y ofrecer al enemigo sus partes más vulnerables.

Esta estrategia, que a veces funciona en el mundo animal, en un plano superior resulta ineficaz y deshonrosa. Considerando la culpable indefensión en que nos han sumido los pacifistas profesionales, no creo que podamos hacer más de lo que estamos haciendo, pero el país debe asumir con seriedad y responsabilidad los riesgos del mundo actual y no pretender que otros vengan a resolvernos problemas que prioritariamente nos corresponden a nosotros. Ninguna ley, ni siquiera la Constitución Política está escrita en piedra.

Todo puede modificarse y adaptarse a los retos del presente. Que Dios nos ilumine para rectificar un camino que tan solo nos puede conducir a la decadencia y al desprecio en el concierto de las naciones.

Noviembre de 2010.
Miguel Alberto Valle Guzmán y Rigoberto Urbina Pinto. Presidente Honorario de CANARA

 

La constitución vigente, en su articulo 12, abolió el ejército como institución permanente, aunque ingenuamente, el constituyente  dispuso que, en caso de ser necesarias para la defensa nacional, ¨podrán organizarse fuerzas militares¨, como si fuera factible improvisarlas de la noche a la mañana para hacerle frente a emergencias, como la que actualmente confrontamos con Nicaragua. Por las razones que en aquel momento consideraron los constituyentes de 1949 abolieron el ejército en Costa Rica y don Pepe Figueres, en un gesto simbólico, descargó un mazazo en una de las torres del Cuartel Bellavista, el cual a partir de ese momento quedó convertido en nuestro Museo Nacional. Desde entonces, el país ha exhibido ante el mundo la abolición del ejército como la mejor prueba de su amor a la paz y a sus tradiciones civilistas y democráticas.

Indiscutiblemente la Historia nos enseña que tanto América Latina como en otras partes del mundo, las fuerzas armadas actuando sin control, en ocasiones han llegado a convertirse en instrumentos de opresión y explotación de los pueblos. Sin embargo, la misma Historia nos enseña igualmente, que los Gobiernos elegidos democráticamente, -como fue el caso de Hitler en Alemania- han provocado los mayores desastres y no por eso vamos a dejar de escoger nuestros gobernantes mediante el voto popular. Cuando con pesar, leo en los diarios que nuestro gobierno anda buscando ayuda por todo el mundo, y la Presidenta confiesa con sinceridad, que no estamos actualmente en condiciones de defender nuestro territorio de la invasión de que estamos siendo objeto, me parece que ha llegado el momento de reconsiderar la proscripción que irreflexivamente estableció nuestra constitución de 1949, pues nuestra indefensión nos convierte en fácil presa de los gobernantes de turno de nuestro vecino del Norte, a los que de tanto en tanto, les da por armarnos broncas, cuando sus desaciertos y torpezas los obligan desviar la atención pública de los problemas domésticos que ellos mismos han provocado.

A principios del siglo pasado, al Presidente nicaragüense José Santos Zelaya (1853-1919) nos amenazaba con una invasión que, según decía, no se detendría hasta que pusiera a beber a su caballo en la fuente de nuestro Parque Central. Nunca cumplió sus amenazas y el caballo Zelaya murió, al igual que su dueño, sin satisfacer sus deseos. Los Somoza, padre e hijo, también nos amenazaron con invasiones. Así pues, no es ninguna novedad la prepotencia e irrespeto con que ahora nos trata el demagógico régimen de Nicaragua.

Sin embargo, si nos remontamos a la segunda mitad del siglo XIX, después de que Costa Rica librara a Centro América de la invasión filibustera y manteníamos un modesto pero bien organizado ejército, nos encontramos que gozábamos de un general respeto en la región y en particular en nuestro vecino país del Norte.

En la interesante relación del viaje que el presidente Bernardo Soto hizo a Nicaragua en 1887, el periodista  Pío Víquez nos cuenta el cálido recibimiento que el Gobierno y el pueblo de Nicaragua le hicieron a nuestro Presidente y transcribe los discursos de los dignatarios del hermano país, en los que se refleja el alto concepto que les merecía nuestro país en general y en especial nuestras fuerzas armadas. Desafortunadamente, a la mitad del siglo XX adoptamos la estrategia propia de ciertos animales que ante la amenaza de algún depredador optan por fingirse muertos, tumbarse de espaldas y ofrecer al enemigo sus partes más vulnerables. Esta estrategia, que a veces funciona en el mundo animal, en un plano superior resulta ineficaz y deshonrosa.

Considerando la culpable indefensión en que nos han sumido los pacifistas profesionales, no creo que podamos hacer más de lo que estamos haciendo, pero el país debe asumir con seriedad y responsabilidad los riesgos del mundo actual y no pretender que otros vengan a resolvernos problemas que prioritariamente nos corresponden a nosotros. Ninguna ley, ni siquiera la Constitución Política está escrita en piedra. Todo puede modificarse y adaptarse a los retos del presente. Que Dios nos ilumine para rectificar un camino que tan solo nos puede conducir a la decadencia y al desprecio en el concierto de las naciones.

 

Noviembre de 2010.

 

Miguel Alberto Valle Guzmán y Rigoberto Urbina Pinto. Presidente Honorario de CANARA

 

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